UNA HERENCIA INCÓMODA. Genes, raza e historia humana

Nicholas Wade

[293 págs.] Ariel, Barcelona 2105.

Así empezaba la reseña de El País de Javier Sampedro que me impulsó a comprar y leer este  ensayo: “Este libro está destinado a causar una bronca monumental entre científicos sociales, pensadores y lectores de todo signo —como ya ha hecho su versión inglesa en Estados Unidos—…”

Y seguía: “Wade sostiene que hay un componente genético en el comportamiento social humano, y que esos genes están tan sujetos al cambio evolutivo como los que controlan el color de la piel, el metabolismo de las grasas o la adaptación a las grandes altitudes; que esa evolución del comportamiento social ha seguido cursos diferentes en las distintas razas, y que esas diferencias, aunque leves, han tenido efectos multiplicativos en las instituciones que prevalecen en una u otra población humana. El autor reconoce que nada de esto son hechos probados, sino conjeturas, y el libro consiste en una detallada argumentación a su favor: un argumento que quiere otorgar un papel a la evolución biológica en el gran drama de la historia humana”. [Reseña Babelia]

Imposible resistirse, ¿verdad? El ensayo no defrauda más allá de alguna disquisición oscura sobre proteínas o alelos, simplemente plantea una idea inquietante (más que incomoda) acerca de la posibilidad de que algunas ventajas adaptativas referente al comportamiento social se hayan reflejado en nuestros genes tal y como ha sucedido con la activación del gen de la lactasa que permite digerir la lactosa a los adultos de determinadas zonas geográficas (por poner un ejemplo entre otros muchos). Así, podría tener un correlato genético cierta predisposición de determinados grupos humanos (no me atrevo a hablar de razas ni subespecies) a la colaboración social, al individualismo agresivo o a la innovación tecnológica… Sugerente planteamiento que desafía la idea predominante en ciencias sociales de que la especie humana es única desde que hace unos ¿cien mil?, ¿treinta mil años?, aparece como especie dominante del género Homo y termina extinguiendo a nuestro primo hermano, el Homo Neanderthalensis, y que todos los comportamientos sociales tienen como único vehículo de expresión y fijación la cultura y las instituciones sociales.

¿Una sobredeterminación dialéctica biológica en lugar de geográfica, pero tan materialista como ésta, como intuyeron los marxianos de los años setenta? En todo caso, el problema de la trinidad medio, biología y cultura sigue irresuelto y eso no es malo sino intrigante y motivador para la lectura.

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