Richard Stark (Donald Westakle): A Quemarropa (The Hunter)

30-richard-stark-a-quemarropaDecía en mi anterior convocatoria de nuestro club que estudiar un poco a fondo a los escritores, más o menos leídos y/o conocidos o no, sobre los que tenemos expectativas suele producir sorpresas, y Westakle no iba a ser una excepción. A priori, debo confesar que lo tenía por un epígono de la novelística criminal, creo que incluso él mismo se tenía por tal cosa. Algunos de nuestros compañeros de club no ocultaron su sensación de que era un escritor menor, y creo que Westakle se consideraba un poco como tal por una cuestión de humildad. Algo así como que después de escritores como Hammett y Chandler, o James Cain o William Irish o Chester Himes o Jim Thompson, fuera un poco petulante seguir pretendiendo dar la talla y mantener el nivel. Cosa muy lejos de ser pretendida por quien se confesaba admirador de todos ellos como Westakle, que había sido además lector de colecciones muy populares. Así que el humor satírico parecía una buena coartada para rendir homenaje a los grandes sin pretensiones de emularlos por lo que crea a un personaje como Dortmunder -algo Sancho Panza, insisto- y unas tramas muy divertidas que rozan lo inverosímil. Vale, perfecto todo encaja. Muy divertido, pasemos a otra cosa.

Pues no.

Esta vez la sorpresa es la revelación de que estamos ante un escritor excepcional. Con tramas muy inteligentes y personajes y situaciones que son tan increíbles como la misma realidad, que además es capaz de retratar de forma satírica con apenas unas pinceladas. En un Diamante al rojo vivo es capaz de dar cinco golpes que darían para cinco novelas diferentes sin despeinarse ni, otra crueldad, renunciar a su objetivo (la ignorancia es muy atrevida). En ¿Por qué yo?, Westakle hace que Dormuntder se las vea y se las desee para deshacer el mayor logro de su carrera como ladrón y al revolver el gallinero de la ley y el orden (y de la política internacional de la que la cosmópolis es escaparate), consigue trazar un cuadro genial de nuestra sociedad.

Pero Westakle no podía estarse quieto sin tocar el palo de la “novela negra dura” (esas crook & toughs stories que tan bien habían contado Burnett, Cain o Thompson), así que firmando con el seudónimo de Richard Stark -no fueran a pensar los lectores que se trataba del blando buenazo de Donald y lo volvieran a condenar a ser un escritor menor- se saca de la manga a un hijo de perra llamado Parker, y gusta tanto a un editor llamado Bucklyn Moon,que prácticamente lo contrata a cambio de que no se lo cargue. Y hasta lo llevan al cine con estructuras narrativas vanguardistas en “A quemarropa” de la mano de un John Boorman, que en el futuro se guardará mucho de abandonar los patrones clásicos.

Bien, pues vamos a ver cómo se porta Parker en The Hunter (inevitablemente traducida como A quemarropa) de verdad. Y si podéis también en La luna de los asesinos. Puede que la sangre y la violencia le quiten ese tono menor y lo conviertan en un escritor en re mayor.

Yo ya adelanto que me quedo con el Westakle Westakle, no con el Westakle Stark, porque ya le perdoné a Chester Himes que escribiera novelas sorprendentemente vivas, realistas, violentas hasta el absurdo y sardónicas hasta dejarte la sonrisa congelada, por encargo de un editor francés sin que nadie lo haya visto en clave de fa menor, así que no puedo por menos que perdonar a Donald por intentar escribir en re mayor por encargo de otro americano (que debía conocer muy bien lo que funcionaba y lo que no en eso de las subculturas literarias, casi seguro que mucho mejor que el francés).

Pero vosotros seguir ciegos con vuestras semanas y novelas negras en fa, o re o si mayor. Dicho sea con todo el cariño del mundo. Seguiremos con Parker (y quien quiera también con Dortmunder).

Horace Mccoy: ¿Acaso no matan a los caballos?

Dicen que rectificar es de sabios y, aunque renuncio a tamaña aspiración, voy a rectificar 5981algo importante para nuestro próximo club. Ello es fruto de mi documentación en torno a Horace Mccoy, escritor que aunque me impactó cuando lo leí, todavía he seguido calificándolo como autor menor o menos importante que coetáneos suyos, como el mucho más conocido James M. Cain, con su famosa novela (y película) El cartero siempre llama dos veces. Además, tanto Mccoy como Cain merecen ser leídos y comentados por separado. A fin de cuentas, nos encontramos con dos escritores que nacen en los años noventa del siglo XIX y aunque mueren en 1955 (Mccoy) y en 1978 (Cain), escriben sus mejores novelas en los años 30 y 40, y absorben ese mundo terrible de los años de la depresión, al menos lo suficiente como para escribir las obras más prototípicas del género criminal americano.

Ya hablaremos de las peculiaridades de Cain, Mccoy es tal vez el escritor más ignorado y olvidado por la crítica y los editores norteamericanos, y se vio obligado a trabajar de guionista haciendo un trabajo que aquí conocemos como de “negro”. «Tuvieron que pasar 40 años -nos dice el traductor de la versión española de Los sudarios no tienen bolsillos– desde sus primeras publicaciones para que los nuevos críticos norteamericanos revaluaran su trabajo. Foster Hirsch calificó su obra como la “de un contenido social más preciso” de toda la literatura hard-boiled; O’Brien situó sus libros en “el centro de la narrativa negra”; Saturack descubrió sus novelas como “brillantes”, llegando todos ellos con 20 años de retraso al reconocimiento que al trabajo de McCoy habían otorgado en Francia personajes como Jean Paul Sartre o André Malraux». Ya sabéis de la mano de quién conocieron estos últimos las obras de Mccoy, de la famosa Sèrie Noir de Gallimard.

bigDe hecho, uno de los elementos clave que caracteriza para muchos españoles a la “novela negra” -concepto en el que he insistido mucho que no creo- es su contenido de crítica social y, pese a que siempre he creído que este elemento es vasallo del realismo que caracteriza y es sustancial al género, en Horace Mccoy si hay algo que resulta patente es su mirada acerca de la violencia como fruto de la marginación económica y de la opresión social, algo que no es necesario discutir con sólo recordar la trama de su novela más famosa: ¿Acaso no matan a los caballos?, gracias a la  película de Sydney Pollack, Danzad, danzad, malditos.

Nuestro autor elegido es por tanto Horace Mccoy, y como sus novelas son relativamente cortas, en lugar de agobiarnos con dos autores y dos novelas diferentes, leeremos dos de sus mejores obras: ¿Acaso no matan a los caballos? Los sudarios no tienen bolsillos. Espero que profundizar en este escritor nos permitirá descubrir una vez más que apartarse de la senda de los más famosos siempre nos aporta sorpresas y revelaciones interesantes.

Os espero a todos en nuestro siguiente club de lectura, que será el miércoles 8 de febrero.