Jean Patrick Manchette: Dejad que los cadáveres se bronceen y Fatídica

Confieso que lo he postergado… Pero era imposible seguir evitándolo. Comprenderéis ladejadqueloscadaveressebronceen razón de mi pequeño crimen en cuanto sepáis algo más de él y más todavía cuando lo leáis. Y es que Jean Patrick Manchette siempre me ha producido una mezcla de sentimientos: ternura y desdén, comprensión y rechazo, afecto y odio fenicio… Manchette es un joven idealista (siempre fue joven, desde que sólo era un crío en su barrio de Malakof hasta cuando agonizaba presa de un cáncer, ya muy envejecido…, fue siempre un joven eterno), un gauchiste, como dicen los franceses (como me tachaba a mí mismo mi tío francés pied noir), un comunista desengañado del comunismo, un anarquista que se volvió situacionista porque el anarquismo ya era imposible en su época (los setenta, también mi época de militancia)… Manchette era de esa generación de inconfomistas e intelectuales que protagonizaron mayo del 68, la generación de mis hermanos mayores… Los mismos que acabaron metiendo la pata en casi todo y en todos los detalles salvo en lo esencial: señalar la esclavitud oculta en la confortabilidad del sistema capitalista. Oculta dentro, claro, porque fuera del sistema no era tal.
Manchette hizo otra cosa que no le perdono. Lean una de sus frases prototípicas: “La buena novela negra es una novela social, una novela de crítica social, que toma como anécdota historias de crímenes”. Y esto lo dijo en 1993, no vayáis a pensar que tal cosa se les hubiera ocurrido a alguno de los escritores españoles. Juan Madrid ya se lo había oído antes y Montalbán (que era más listo) jamás se hubiera atrevido a repetirlo. Ya conocéis mi tesis de que la novela negra es una invención francesa adoptada en la Europa del Sur (Grecia, Italia y España) e Iberoamérica, que jamás compartieron ni nórdicos ni anglosajones, que siguieron con lo suyo (y siempre se llevaron el gato editorial al agua).
Manchette escribe bien, demasiado bien en realidad, para lo que necesita el género y es acreedor de haberlo renovado rescatándolo de la alargada sombra de Maigret y Simenon, y de los tormentosos folletines sicológicos de Narjenac y Boileau que Hitchcoq bordaba en el cine. Así el roman policier (en argot polar) devendrá en el nouveau roman policier (neopolar) gracias a su irrupción en la misma famosa colección Sèrie Noire que dirigía Duhamel, y creedme, Duhamel dirigía mucho a sus escritores. Así, le exigió ciertos retoques en su novela El caso N’gustro, y aunque publicó nueve de sus once novelas, también sacó fuera de la colección su novela Fatale, en ambos casos por falta de acción. Eso me recuerda los consejos que por los mismos tiempo le daba a Chester Himes. Bien por Duhamel, era un tipo listo y yo hubiera actuado igual que él, menos rollo de crítica social y más violencia… Y si quieres realismo mejor es que este te salga como accidente (los escritores más reales son los que eliminan más filtros, no confundir con los escritores realistas, que miran a través de esos cristales de colores de los que hablaba Campoamor).
Lo que más me molesta de todo es que os va a gustar y os va a gustar por razones indebidas. Por supuesto, desde mi torcido punto de vista que lo único que pretende es que no se confunda a la novela negra (esa construcción fantasmagórica tan crítica) con la buena novela policial o criminal. Y ese es el problema: Manchette es un escritor (es un tipo) que me gusta y que me emociona, es un buen escritor, pero no es un buen escritor de novela criminal, su narrativa, su universo, es demasiado político, demasiado moral… O tal vez no y estoy equivocado…
He elegido para leer la primera novela que le publicó Gallimard en 1971: Laissez bronzer les cadavres!, (Dejad que los cadáveres se bronceen) escrita en colaboración con Jean-Pierre Bastid, amigo y colaborador suyo en muchos proyectos, y otra que tuvo mucha repercusión, recientemente reeditada en España por la editorial Navona: Fatale (Fatídica, en español, 2016). En palabras de algún crítico: «Fatídica no es una novela negra al uso, de hecho fue sacada de la colección Sèrie noire de la editorial francesa Gallimard, que la editó en 1977 y en la que estaban incluidas todas sus obras anteriores, por considerar que carecía de poca acción. Sin embargo, el argumento y el escenario de la novela son tan bien tejidos, dispuestos sobre un patrón tan bien trazado, que hacen que la grandeza de esta novela no merezca estar encorsetada por la etiqueta «novela negra».
fatidica
En palabras de su editor, Pere Sureda: «Reeditar Manchette ahora, y precisamente esta novela es un acto deliberado y pensado con intención de dar un golpe en la mesa de las novedades policiales y aclarar, recordar quién es quién. Parece que estamos en un tiempo en el que todo vale y no hay seriedad suficiente a la hora de catalogar qué es qué. Esto es un policial de verdad. Si lo leen los lectores actuales notarán la diferencia. De eso se trata, de recordar y reafirmar lo orígenes. Porque está casi todo escrito».
Nos vemos el miércoles 31 de mayo en Matisse.
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Ed McBain: Odio (Cop Hater) y Ojo con el sordo

71hr0duvlclDecía en nuestro anterior correo que nos iba haciendo falta un revulsivo, un escritor que no sea como esperamos y que nos cause o proporcione una sorpresa, y citaba a Horace Mccoy, a Cain, a Woolrich, y se me olvidó citar tal vez al que nos dio la mayor sorpresa, Charles Williams. Decía que también tendríamos que leer y conocer a escritores malos (malos en el sentido de malos escritores y/o de escritores “fachas”, valga la palabreja lo que valga). Y haberlos los hay: junto al Mickey Spillane y su Mike Hammer encontramos a Michel Avallone y su Ed Noon, y en los inmediatos 60 nos encontramos a escritores que se han librado de ese estigma casi de milagro, como sin ir más lejos le ocurrió a Chester Himes, padre de dos policías negros algo brutales y de gatillo fácil, Ataúd Jhonson y Sepulturero Jones, que hicieron nuestras delicias la temporada pasada. En realidad Himes se libró de ese estigma en Francia y España por ser negro (lo que le daba patente de corso de crítico social progresista), en EE.UU. fue absolutamente ignorado por la acidez de sus novelas (como Jim Thompson) y por no sumarse a los lloriqueos étnicos afroamericanos tan en boga a partir justamente de los 60.

Hay que reconocer que la primera novela de Spillane, Yo el jurado, es torpe y bastante insufrible, Un caso tortuoso se sostiene algo mejor, pero tampoco es ninguna joya. Pero es conveniente recordar un pequeño detalle: las novelas sólo pueden juzgarse como estructuras narrativas válidas o no, no como plataformas de valores morales o políticos encarnados en sus personajes, y si Spillane hubiera sabido construir sus personajes e historias como lo hizo Chester Himes, sería tan bueno como Chester Himes, o como Jim Thopsom, sin ir más lejos, cuya distancia con una visión brutal y pesimista de la sociedad y del ser humano, como la de Himes, es la del escéptico con la del nihilista.

Pues bien, Ed Mcbain (Salvatore Lombino, en realidad, que cambió su nombre como tantos para parecer más americano por el de Evan Hunter) es uno de esos escritores que van a dar un empujón clave a los cánones del género criminal americano, apartándolo de los tópicos del detective y del criminal (circunstancial o profesional) y arrimándolo a las comisarías de policía. Efectivamente, la decadencia del detective ya era manifiesta en Mccoy y Cain, y neta en Himes y Thompson, pese a los buenos oficios de McDonald y su simpático Archer. Justo es en este momento cuando Spillane sigue intentando mantener a esa figura detectivesca con el “duro” Mike Hammer, con un éxito de ventas que no ha sobrevivido al paso del tiempo. Mcbain con sus protagonistas corales de la comisaría del Distrito 87 dará el definitivo impulso para que la narrativa criminal americana se convierta de forma hegemónica en narrativa policial, y todavía más, incluso para que dos periodistas suecos que ya conocemos, Söjwall y Wahllöö, se inspiren en los personajes del distrito 87 para crear a su grupo de homicidios de Estocolmo, liderados por Martin Beck, al igual que el teniente Byrnes lidera a sus policías de la 87. Con Mcbain, las investigaciones policiales son auténticas investigaciones, los procedimientos forenses son auténticos procedimientos forenses y los criminales, auténticos criminales, de esos que se encuentran en cualquier gran ciudad americana. Y todo ello pese a que en la Europa del sur (e incluso en Francia) se vaya a seguir cultivando el género a base de alejarse de las comisarías todavía durante un par de décadas.

De alguna manera, Himes, Spillane, Thompson, Westakle y Mcbain, cada uno a su modo peculiar, han acabado con el reino de los detectives, tanto aristocráticos y elegantes, como con traje arrugado y botella del whisky en el cajón inferior de su mesa de despacho.9788498679731_215x325

Ed Mcbain es también responsable de inspirar a una famosa serie americana de los 80, que marcó desde entonces las incontables series televisivas que han influido tanto en nuestras expectativas en esta materia de Bretaña que se pretende llamar novela negra. Me refiero a la inefable Canción Triste de Hill Street, en donde la realidad social y la grandeza y miseria humanas se colaban por todos los fotogramas. Vamos a leer su primera novela Odio (Cop Hater), aunque nunca está demás leer alguna posterior cuando todos los personajes han cuajado un poco mejor, como ocurre con Ojo con el sordo.

Mike Hammer: Yo el jurado y Un caso tortuoso

Nos iba haciendo falta ya un revulsivo, un escritor que no sea como esperamos y que ni s_13653-mla102145247_4297-osiquiera nos inspire muchas esperanzas de que vaya a ser mejor que como lo esperamos…, como nos ocurrió con Horace Mccoy hace tiempo, o con David Goodis hace aún un poco más, o como nos pasó por aclamación con el desconocido Cornell Woolrich (William Irish). Un escritor del que tengamos referencias encontradas y con fama de escritor no ya de segunda división o de carácter menor, sino de escritor “malo” en todo el amplio sentido de la palabra, no sólo malo por no ser de calidad indiscutible y reconocida por la opinión instalada, sino además malo por ser algo (o mucho, o demasiado) “facha”. Maravillosa palabra que ya soy incapaz de usar sin entrecomillar porque siempre califica más a quien la profiere que a quien pretende denotar. Un escritor, además, que resulte imprescindible conocer para un grupo de connaisseurs como nosotros por su relativa relevancia.

En fin, se trata de tener un buen motivo para discutir a fondo y a gusto.

Y teníamos dos buenos candidatos, ambos surgidos en los cincuenta y extendida su obra con profusión durante los sesenta y los setenta. Dos escritores que casi nunca figuran en ninguna antología o colección de tapa dura dedicada a la “novela negra” y ni tan siquiera en esas colecciones más humildes que se autotitulaban como de misterio, de intriga o policíacas. Hablo de Michael Avallone y de Mickey Spillane. El primero, autor de una serie de novelas con un detective Ed Noon que era claramente republicano y seguidor de Nixon, (autor también de personajes que pasaron a series de TV como Mannix). Ed Noon es un detective rico con un lujoso despacho en Central Park en Nueva York y siente desprecio por “los hippies, los pederastas, los pacifistas, los disidentes, los negros militantes, las mujeres liberadas, las melenas y demás obsesiones de John Wayne”… Su novela más explícita es Shoot in again, Sam, aparecida en 1972 en plena guerra de Vietnam, en la que Noon, casi un agente especial de Nixon, acompaña los restos mortales de un célebre actor patriota americano a bordo de un tren que es desviado por los chinos… Novela seria y paródica a un tiempo, Claude Benoit dixit… Ed Noon es contemporáneo del Lew Archer de Ross MacDonald que ya leímos y casi su contrario desde el punto de vista político. Lamentablemente, en la búsqueda de las obras de Avallone sólo hemos encontrado traducida su novela El espía nº 13 bajo el seudónimo de Nick Carter, cuya temática cae un poco fuera del género criminal.

El segundo, Mickey Spillane también promete: “Cualquiera que no reconozca la importancia de Mickey Spillane es un idiota”. Con esta sentencia se despachaba Max Allan Collins, escritor de novelas policíacas y guionista de tiras de prensa como Dick Tracy o Batman. “Y estoy de acuerdo con él”, nos advierte Manuel Rivas en Bibliópolis, cuando nos presenta a este controvertido escritor. Como para que nos vayamos preparando. Pero no ha sido el único que se ha despachado con Spillane: “Despreciado por otros autores, como Raymond Chandler que le llamó escritor “Gorila”, Spillane sólo reconoció la influencia en sus escritos de John Carroll Daly, creador del detective privado Race Williams. Pese a las acusaciones de retrógrado, machista y violento, sus libros estuvieron durante años en las listas de best-sellers, llegando a vender 200 millones de libros”, nos explica Alice Silver en Detectives de libro (probablemente disfrazado tras su alias). El detective que elije como protagonista Spillane es Mike Hammer. Y de él podemos leer hasta cuatro novelas, pero creo que vamos a quedarnos con la primera (como es buena costumbre de nuestro club) en donde crea a Hammer, su detective, en una aventura de venganza y justicia: Yo el jurado.

No voy a ocultar que leí a Hammer hace unos años con esa curiosidad morbosa del que busca las fuentes del Nilo, más humildemente, las de esa tradición gorilácea que nos ha dado el cine americano de Harry el Sucio y de esas películas sudorosas y violentas estilo Charles Bronson o Jack Palance y otras muchas, tradicionalmente ignoradas por la versión instalada en España de la “novela negra”, sólo dispuesta a tolerar historias violentas o sangrientas procedentes del “nordic noir”, vaya usted a saber por qué… Y confieso que Spillane no acabó de gustarme. Pero vamos a darle a él y a su coetáneo Avallone una oportunidad. Si alguien lo disfruta, sugiero una segunda novela de Spillane, Un caso tortuoso, por si tenéis tiempo de leerla.

Richard Stark (Donald Westakle): A Quemarropa (The Hunter)

30-richard-stark-a-quemarropaDecía en mi anterior convocatoria de nuestro club que estudiar un poco a fondo a los escritores, más o menos leídos y/o conocidos o no, sobre los que tenemos expectativas suele producir sorpresas, y Westakle no iba a ser una excepción. A priori, debo confesar que lo tenía por un epígono de la novelística criminal, creo que incluso él mismo se tenía por tal cosa. Algunos de nuestros compañeros de club no ocultaron su sensación de que era un escritor menor, y creo que Westakle se consideraba un poco como tal por una cuestión de humildad. Algo así como que después de escritores como Hammett y Chandler, o James Cain o William Irish o Chester Himes o Jim Thompson, fuera un poco petulante seguir pretendiendo dar la talla y mantener el nivel. Cosa muy lejos de ser pretendida por quien se confesaba admirador de todos ellos como Westakle, que había sido además lector de colecciones muy populares. Así que el humor satírico parecía una buena coartada para rendir homenaje a los grandes sin pretensiones de emularlos por lo que crea a un personaje como Dortmunder -algo Sancho Panza, insisto- y unas tramas muy divertidas que rozan lo inverosímil. Vale, perfecto todo encaja. Muy divertido, pasemos a otra cosa.

Pues no.

Esta vez la sorpresa es la revelación de que estamos ante un escritor excepcional. Con tramas muy inteligentes y personajes y situaciones que son tan increíbles como la misma realidad, que además es capaz de retratar de forma satírica con apenas unas pinceladas. En un Diamante al rojo vivo es capaz de dar cinco golpes que darían para cinco novelas diferentes sin despeinarse ni, otra crueldad, renunciar a su objetivo (la ignorancia es muy atrevida). En ¿Por qué yo?, Westakle hace que Dormuntder se las vea y se las desee para deshacer el mayor logro de su carrera como ladrón y al revolver el gallinero de la ley y el orden (y de la política internacional de la que la cosmópolis es escaparate), consigue trazar un cuadro genial de nuestra sociedad.

Pero Westakle no podía estarse quieto sin tocar el palo de la “novela negra dura” (esas crook & toughs stories que tan bien habían contado Burnett, Cain o Thompson), así que firmando con el seudónimo de Richard Stark -no fueran a pensar los lectores que se trataba del blando buenazo de Donald y lo volvieran a condenar a ser un escritor menor- se saca de la manga a un hijo de perra llamado Parker, y gusta tanto a un editor llamado Bucklyn Moon,que prácticamente lo contrata a cambio de que no se lo cargue. Y hasta lo llevan al cine con estructuras narrativas vanguardistas en “A quemarropa” de la mano de un John Boorman, que en el futuro se guardará mucho de abandonar los patrones clásicos.

Bien, pues vamos a ver cómo se porta Parker en The Hunter (inevitablemente traducida como A quemarropa) de verdad. Y si podéis también en La luna de los asesinos. Puede que la sangre y la violencia le quiten ese tono menor y lo conviertan en un escritor en re mayor.

Yo ya adelanto que me quedo con el Westakle Westakle, no con el Westakle Stark, porque ya le perdoné a Chester Himes que escribiera novelas sorprendentemente vivas, realistas, violentas hasta el absurdo y sardónicas hasta dejarte la sonrisa congelada, por encargo de un editor francés sin que nadie lo haya visto en clave de fa menor, así que no puedo por menos que perdonar a Donald por intentar escribir en re mayor por encargo de otro americano (que debía conocer muy bien lo que funcionaba y lo que no en eso de las subculturas literarias, casi seguro que mucho mejor que el francés).

Pero vosotros seguir ciegos con vuestras semanas y novelas negras en fa, o re o si mayor. Dicho sea con todo el cariño del mundo. Seguiremos con Parker (y quien quiera también con Dortmunder).

Donald Westakle: Un diamante al rojo vivo

Esto de los Clubs de Lectura tiene sus puntos positivos porque siempre haces 9788490062296descubrimientos reveladores, amén del placer de hacer descubrimientos normales como leer o releer en buena compañía, junto a gente con conversación, a escritores que no conocías, no conocías lo suficiente o creías conocer y casi siempre apreciabas por razones indebidas o al menos desenfocadas. El tiempo, la relectura y la discusión crítica pone a las cosas en su sitio. Y eso nos ha pasado con casi todos los escritores, así a Cornell Woolrich -o William Irish- y a David Goodis, por ejemplo, los hemos elevado a los altares que les correspondían en la historia del género criminal, y a Hammett y Chandler -dos de sus dioses indiscutibles- les hemos quitado algunas de sus plumas de arcángeles de ese olimpo con minúsculas. También hemos confirmado en sus respectivas hornacinas santorales a escritores pioneros como García Pavón, Juan Madrid, Pérez Reverte o Vázquez Montalbán, aunque siga persistiendo algún desacuerdo en su precesión (y en sus respectivas intenciones autorales).

De Vázquez Montalbán me ha quedado un profundo respeto por su mirada hacia el género, patente en su misma prosa, propia de una escritura de frontera, de obras que transitaban las alambradas entre la subcultura y la cultura, y personajes e historias bastardas que, lleguen adonde lleguen, jamás perderán su condición de espaldas mojadas, ni su capacidad de contar y describir cosas que sólo pueden contarse o percibirse de ese modo mestizo. Es revelador de una de las condiciones esenciales de la narrativa criminal: su naturaleza de literatura popular y su capacidad en ocasiones de generar obras literarias, esos mutantes de los que hablaba Montalbán.

Pero no es una excepción, había decidido que volviéramos a Estados Unidos con la mala intención de mostrar a un escritor al que presumo como uno de los epígonos del género criminal realista americano, Donald Westakle. Un tipo genial desde su misma condición de epígono, que escribe en los sesenta y los setenta (y los ochenta y los noventa), que se sabe un escritor menor y que contradice esa autoconciencia con obras magistrales por su capacidad de combinar humor y realismo. ¿Os suena esa fórmula si viajamos a finales del siglo XVI y topamos con alguien que está dispuesto a meterle mano a las novelas de caballerías escribiendo tal vez la más descreída y mejor de todas ellas?

Sin embargo, el obligado estudio de un escritor hace que salten sorpresas, porque Westakle surge como un lector de una colección muy popular -Gold Medal- y muy “pulp”, leyendo a escritores que conocemos, como Himes o Goodis o Woolrich, y que no conocemos como Peter Rabe o Clifton Adams, seguramente poco recomendables, y si por un lado es capaz de crear en su narrativa a un personaje como Dortmunder -más Sancho Panza que Quijote, pero con vocación de tapa dura y de ajustar cuentas con un género que parecía haberlo dado todo- por otro, su deuda con el pulp le hace concebir a otro como Parker, un tipo duro, un asesino en el más puro estilo duro de los comienzos -destinado a la rústica de Gold Medal y firmado con el seudónimo de Richard Stark-, y cuando intenta publicarlo… pero mejor que lo cuente él mismo: «Así que escribí el libro, sobre este hijo de perra llamado Parker, y en el curso de la historia no pude evitar que empezara a gustarme… Me gustaba, pero le maté. Al fin y al cabo, era un rufián y mataba a gente, y yo quería que alguien publicara el libro. En 1962, la mentalidad [que] seguía predominando [es] que los malos acababan mal… Gold Medal rechazó el libro… y finalmente un editor llamado Bucklyn Moon, de Pocket Books, me telefoneó y dijo: «Me gusta Parker. ¿Hay modo de que rehaga el libro para que Parker se escape, y después nos escriba dos o tres libros anuales acerca de él?».

Bueno, pues, Westakle Westakle emprendió su carrera como epígono con piezas maestras como Un diamante al rojo vivo o ¿Porqué yo?, pero no renunció a una doble personalidad como Richard Stark, escritor de “crook stories” en la más pura tradición de la novela pulp de crímenes, y el caso es que vendió mejor y llevó más veces al cine a Parker que a Dortmunder. Hasta el punto de que Westakle Westakle empezó a sentir celos de Westakle Stark… Habrá que leer ambas versiones para saber si con razón o no. Lo tenéis todo en la biografía del escritor y en la interesante introducción a su novela The Hunter (A quemarropa). ¿Otro caso de mestizaje entre cultura y subcultura del que tanto le gustaba hablar a Montalbán?

Empezaremos con Dortmunder  y seguiremos con Parker.

Os espero a todos en nuestro siguiente club de lectura, que será el miércoles 25 de enero del año inminente.

Mis mejores deseos para el año entrante.

Manuel Vázquez Montalbán: Los pájaros de Bangkok

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Algunos escritores parece que se hicieran con una patente de corso que rezara así: “Pase lo que pase y haga lo que haga, lector, tú sabes que te voy a gustar porque tengo que gustarte, porque toca el hecho de que es bueno hacerlo y todos esperan de ti que te guste, así que te gusto y te seguiré gustando y punto, y el resto de escritores que se busquen la vida y que gusten o no gusten, debe traérnosla al viento”.

Y ese es el caso e Manuel Vázquez Montalbán, como ya dije, uno de los maestros del arte de escribir y de un género, el criminal, que personalmente jamás creyó que se escribiera en serio en España, y que él empezó a escribir según confesión propia por una apuesta algo beoda con su editor y amigo José Batlló, para librarse a sí mismo y a los lectores de ese callejón sin salida que era la literatura seria de vanguardia española en los años setenta. Y pese a algunas inconsistencias argumentales y la estudiada inconsistencia ontológica de su protagonista, Carvalho -no más graves que las de otros muchos escritores contemporáneos-, Tatuaje os gustó a casi todos, incluyéndome a mí, maldita sea.

Pues bien, en nuestro próximo club vamos a reincidir con otra de las novelas de Vázquez Montalbán: “Los pájaros de Bangkok”, tal vez la más lograda y que recuerdo me pareció magnífica y me rindió a sus pies hace treinta años. Vamos a ver qué tal resulta treinta años más tarde.

Manuel Vázquez Montalbán: Tatuaje

Por fin llegamos al ansiado Manuel Vázquez Montalbán, uno de los maestros del arte de
escribir y de un género, el criminal, que personalmente 9788408051312jamás creyó que se escribiera en serio en España. Pero una cosa es lo que uno cree, o cree creer, y otra lo que uno hace bien, mal que le pese, aunque estoy seguro que semejante cosa jamás le pesó a Montalbán. Aunque nunca estuvo en su intención ser uno, ni siquiera figurar en la nómina, de esos escritores de novela policíaca, criminal o negra. Y no lo digo yo, lo dice él mismo refiriéndose a su invención de Carvalho en 1972: “Era una época bastante difícil, ya que el franquismo parecía eterno y teníamos la impresión de que nada cambiaría. Como fruto de esta sensación escribí Yo maté a Kennedy. Aquella novela refleja un mundo irreal que venía de la empanada mental que vivíamos. Allí cabía todo: poemas, textos de vanguardia, influencia del cómic y del cine… Era un maremágnum que reflejaba la descomposición de la novela que creíamos que estábamos viviendo.”(Entrevista de Xavier Moret, en EL PAÍS del 19/2/1997.) A fin de cuentas, por entonces, la literatura española andaba liada con ese tema de las vanguardias artísticas y la censura franquista, perdida en el sinsentido de su ridícula existencia: “Yo maté a Kennedy tenía que publicarse en Seix Barral, pero la censura se mostró implacable. Carlos Barral me aconsejó que la llevara a Planeta, que tenían más mano con la censura. Así lo hice y el único cambio que me impusieron fue el de sustituir ‘cuerpo’ por ‘carne’ cuando hablaba de una señora estupenda.” (Entrevista por Xavier Moret, en EL PAÍS del 19/2/1997.)

Pero, por si quedan dudas, lo repite con la novela que vamos a leer y comentar en nuestro próximo club: Tatuaje, la segunda con el personaje pero en realidad la primera considerable como novela criminal: “A principios de los setenta vivíamos en una dictadura literaria: o escribías como Juan Benet o no eras nadie. A los jóvenes se les exigía que escribieran el Ulises. El resto eran subliteraturas. Un día, en plena euforia etílica con mi amigo José Batlló, nos burlábamos de la literatura de vanguardia y él me desafió a escribir una novela de guardias y ladrones. Acepté el reto y escribí Tatuaje en 15 días. La crítica la recibió fatal y me acusaron de lanzarme a un suicidio profesional, a una operación comercial. Hacer una novela de detectives en el rigor mortis de la cultura española de la época era horroroso. Para mí, sin embargo, era una novela experimental, ya que Carvalho no era un detective al uso. Vivía con una puta, quemaba libros, era ex comunista y ex agente de la CIA.” … “Yo maté a Kennedy no fue ningún éxito, ni Tatuaje…”(Entrevista de Xavier Moret, en EL PAÍS del 19/2/1997).

Por si no pecaba lo suficiente con todo ello (que le oí contar personalmente sin el más mínimo rubor), fue también  guionista de la película Tatuaje basada en la novela, dirigida en 1976 por Bigas Luna e interpretada por Carlos Ballesteros en el papel de Carvalho, Pilar Velázquez en el papel de Charo y Mónica Randall en el papel de Teresa Marsé.

De Manuel Vázquez Montalbán sólo puedo decir que ha sido para mí un maestro, uno de mis escritores favoritos más leídos y más respetados intelectualmente, y que de él he apreciado aún más que sus novelas, sus ensayos (como El escriba sentado, o Panfleto desde el planeta de los simios…) y sus experimentos literarios (como El Estrangulador de Boston o el Manifiesto subnormal), sin olvidar sus novelas disfrazadas de historia, como la Autobiografía del general Franco, y tantas otras cosas. Incluso le he perdonador su condición de culé y su desgraciada frase acerca de que el Barça era más que un club (tragedia que le ha perdido en los afectos de mucha gente)… Y jamás he podido creer la leyenda negra que se construyó en torno su muerte.

Creo que podemos leer las dos novelas, Yo maté a Kennedy y Tatuaje e incluso, si  encuentro, la homónima película, volver a ver a Mónica Randall en pleno imperio de su elegancia pese a la sucia mirada de Bigas Luna. Es decir, incluso podremos ver su versión cinematográfica.

Todo ello, el 23 de noviembre.