Chester Himes: Por amor a Imabelle y Empieza el calor

md6028062858Chester Himes es probablemente el mejor escritor negro americano del género criminal. La novela que vamos a leer es la primera de las que escribió ambientadas en Harlem y protagonizadas por dos de sus personajes más conocidos, dos duros policías de Harlem de color, Ataúd Johnson y Sepulturero Jones: Por amor a Imabelle. 

En la pequeña biografía que James Sallis dedica a Chester Himes (junto a Jim Thompson y David Goodis) en Vidas difíciles, se nos revela un pequeño secreto sobre el origen de la peculiar poética de Himes: después de escribir Mamie Mason -una novela autobiográfica y no calificable como criminal aunque inspirada en la propia biografía del autor-, desesperado por conseguir dinero en París, fue el propio Marcel Duhamel -director de la Serie Noir de Gallimard- quien le encargó que escribiera estas historias “realistas” de detectives sobre Harlem. El propio Himes, en su autobiografía El absurdo de mi vida, confesaba: “Me sentaba en mi cuarto y me ponía histérico pensando en la salvaje e increíble historia que estaba escribiendo. Pero pensaba que era solo para los franceses y que ellos se creerían cualquier cosa de los americanos, blancos o negros, si era lo bastante perversa. Además creía que lo que estaba escribiendo era realismo. Nunca se me ocurrió penar que estaba escribiendo absurdo. El realismo y el absurdo son tan parecidos en la vida de los negros americanos, que no se puede decir donde está la diferencia”.

Chester Himes no tuvo mucho éxito en Estados Unidos, y eso se explica al conocer algunos detalles de su biografía, como su estancia en la cárcel por un delito de robo a mano armada o sus experiencias, una vez excarcelado, trabajando como mayordomo y cocinero para el escritor Louis Bromfield, con quien se trasladó a Los Ángeles para escribir guiones y colaborar con la oficina de guerra. Entre 1944 y 1945 él y su mujer viven en Harlem. Allí publica su primera novela Si grita, suéltale en 1945, en la que denuncia, en su forma particular, el racismo norteamericano. Porque una de las cosas que más llama la atención de este escritor negro capaz de retratar la brutalidad de la marginación social en EE.UU. es la ausencia total de victimismo afroamericano. Tal vez algo que le hizo no encajar bien en su propio país como escritor. En sus propias palabras: “América me hizo mucho daño. Cuando luché por medio de la literatura decidieron destruirme; nunca sabré si a causa de ser yo un degenerado ex presidiario que rehusaba llevar el hábito de penitencia, o un negro que no aceptaba el problema de los suyos como propio”, apunta en el primer tomo de su autobiografía, La cualidad del sufrimiento (Ed. Júcar, 1988). Ese destino de escritor ignorado lo compartió con el otro escritor de su generación que ya conocemos, Jim Thompson.

Como complemento de la novela elegida, la primera de la serie, os recomiendo tambiénEmpiezaCalorCubierta  Empieza el calor, para que el calor de un verano de Harlem de los años 60 del XX (la primera edición de esta novela es de 1966) nos consuele del inminente calor de Valencia. Y como regalo especial: Un ciego con una pistola. Ambas novelas cierran la serie de ocho narraciones protagonizadas por Ataúd Johnson y Sepulturero Jones, esta última se publicó originalmente en 1969, cuando Chester Himes acababa de instalarse en Moraira con su tercera esposa: Lesley Packard, en donde moriría finalmente. Tenéis estos pormenores en su biografía.

Espero que las disfrutéis, hasta el próximo miércoles 5 de abril a la hora acostumbrada.

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Maj Söjwall y Per Wahlöö: El hombre del balcón y Los terroristas

id_11076_balconLa cronología siempre es el criterio rey para mí (sin que tenga que resultar rígida) y la cronología de los 60, nos enfrentaba a un dilema: o seguir en Estados unidos y conocer a Chester Himes, que pese a su peculiar estilo caótico no resulta fácil dejar de leer y de disfrutar, o nos toca volver a cruzar el charco y ver qué era lo que estaba pasando en Europa. Y la renovación de la novela policíaca (o si somos rigurosos, de la narrativa criminal en forma de tal) se produce en Suecia y se va a quedar en Escandinavia casi desde entonces. Simenon no puede hacer olvidar su condición de escritor de derechas (brillante y realista, incluso crítico) pero con un pasado tenebroso; los españoles se van a debatir entre la imitación de la novela negra americana (Reverte, Madrid), su epifanía (Vázquez Montalván) o la adaptación al costumbrismo (García Pavón); los franceses entre la novela política de izquierdas (Manchette) y el psicodrama de suspense (Narjenac & Boileau, inspiradores del Vértigo de Hitchcock); los italianos entre la ruptura de Servanenko y el estilismo de Giovanni; los ingleses aferrados al formalismo de P. D. James… Es entonces cuando en 1965 aparece una pareja de periodistas suecos, Maj Söjwall y Per Wahlöö, que publica una novela: Rosseanna…  El cadáver de una chica aparece en Estocolmo cuando se draga un canal… Nadie la ha echado de menos, nadie conoce su identidad, no hay presión mediática ni policial por resolver el asunto, sólo la tenacidad de un policía sin cualidades ni atractivos especiales, un hombre normal, incluso algo gris, con problema familiares de lo más vulgares, Martin Beck. Desde ese año, las traducciones de las novelas de Maj Söjwall y Per Wahlöö se multplican, y con el certificado de calidad sueco los países del sur de Europa (incluida Francia) empiezan a contemplar la posibilidad de que existan policías con el mismo nivel de honradez y heroicidad anónimas que periodistas, detectives privados, abogados o jueces. El patrón de la novelística  criminal europea (la americana ya lo ha hecho a su modo, por ejemplo con Chester Himes) cambia y acepta las comisarías de policía como algo más que un escenario sórdido…

La novela elegida para leer este mes por su poder hipnótico es El hombre del balcón, (a parte de Rosseanna que muchos ya habéis leído en el Club de Matisse). Y por si os da tiempo con los_terroristas_ok_215x325las vacaciones, la última novela que escribió la pareja: Los Terroristas, para que podáis comparar la evolución de los personajes y de las circunstancias.

Si tenéis alguna duda sobre lo que os digo podéis leer los prólogos a las dos primeras novelas esta pareja de dos escritores poco sospechosos de mediocres y desde luego nada de ingratos: Henning Mankell y Jo Nesbo. Ambos reconocen la deuda con los dos periodistas suecos. Desde luego, la tienen. Y no hubiera importado que no hubieran sido conscientes de ello.

Os espero a todos el próximo miércoles 12 de marzo en nuestro Club del Jordi de Santa Jordi a las 7,30, para compartir nuestras opiniones acerca de estas dos novelas, o al menos, de la primera de ellas. Espero que las disfrutéis.

Mike Hammer: Yo el jurado y Un caso tortuoso

Nos iba haciendo falta ya un revulsivo, un escritor que no sea como esperamos y que ni s_13653-mla102145247_4297-osiquiera nos inspire muchas esperanzas de que vaya a ser mejor que como lo esperamos…, como nos ocurrió con Horace Mccoy hace tiempo, o con David Goodis hace aún un poco más, o como nos pasó por aclamación con el desconocido Cornell Woolrich (William Irish). Un escritor del que tengamos referencias encontradas y con fama de escritor no ya de segunda división o de carácter menor, sino de escritor “malo” en todo el amplio sentido de la palabra, no sólo malo por no ser de calidad indiscutible y reconocida por la opinión instalada, sino además malo por ser algo (o mucho, o demasiado) “facha”. Maravillosa palabra que ya soy incapaz de usar sin entrecomillar porque siempre califica más a quien la profiere que a quien pretende denotar. Un escritor, además, que resulte imprescindible conocer para un grupo de connaisseurs como nosotros por su relativa relevancia.

En fin, se trata de tener un buen motivo para discutir a fondo y a gusto.

Y teníamos dos buenos candidatos, ambos surgidos en los cincuenta y extendida su obra con profusión durante los sesenta y los setenta. Dos escritores que casi nunca figuran en ninguna antología o colección de tapa dura dedicada a la “novela negra” y ni tan siquiera en esas colecciones más humildes que se autotitulaban como de misterio, de intriga o policíacas. Hablo de Michael Avallone y de Mickey Spillane. El primero, autor de una serie de novelas con un detective Ed Noon que era claramente republicano y seguidor de Nixon, (autor también de personajes que pasaron a series de TV como Mannix). Ed Noon es un detective rico con un lujoso despacho en Central Park en Nueva York y siente desprecio por “los hippies, los pederastas, los pacifistas, los disidentes, los negros militantes, las mujeres liberadas, las melenas y demás obsesiones de John Wayne”… Su novela más explícita es Shoot in again, Sam, aparecida en 1972 en plena guerra de Vietnam, en la que Noon, casi un agente especial de Nixon, acompaña los restos mortales de un célebre actor patriota americano a bordo de un tren que es desviado por los chinos… Novela seria y paródica a un tiempo, Claude Benoit dixit… Ed Noon es contemporáneo del Lew Archer de Ross MacDonald que ya leímos y casi su contrario desde el punto de vista político. Lamentablemente, en la búsqueda de las obras de Avallone sólo hemos encontrado traducida su novela El espía nº 13 bajo el seudónimo de Nick Carter, cuya temática cae un poco fuera del género criminal.

El segundo, Mickey Spillane también promete: “Cualquiera que no reconozca la importancia de Mickey Spillane es un idiota”. Con esta sentencia se despachaba Max Allan Collins, escritor de novelas policíacas y guionista de tiras de prensa como Dick Tracy o Batman. “Y estoy de acuerdo con él”, nos advierte Manuel Rivas en Bibliópolis, cuando nos presenta a este controvertido escritor. Como para que nos vayamos preparando. Pero no ha sido el único que se ha despachado con Spillane: “Despreciado por otros autores, como Raymond Chandler que le llamó escritor “Gorila”, Spillane sólo reconoció la influencia en sus escritos de John Carroll Daly, creador del detective privado Race Williams. Pese a las acusaciones de retrógrado, machista y violento, sus libros estuvieron durante años en las listas de best-sellers, llegando a vender 200 millones de libros”, nos explica Alice Silver en Detectives de libro (probablemente disfrazado tras su alias). El detective que elije como protagonista Spillane es Mike Hammer. Y de él podemos leer hasta cuatro novelas, pero creo que vamos a quedarnos con la primera (como es buena costumbre de nuestro club) en donde crea a Hammer, su detective, en una aventura de venganza y justicia: Yo el jurado.

No voy a ocultar que leí a Hammer hace unos años con esa curiosidad morbosa del que busca las fuentes del Nilo, más humildemente, las de esa tradición gorilácea que nos ha dado el cine americano de Harry el Sucio y de esas películas sudorosas y violentas estilo Charles Bronson o Jack Palance y otras muchas, tradicionalmente ignoradas por la versión instalada en España de la “novela negra”, sólo dispuesta a tolerar historias violentas o sangrientas procedentes del “nordic noir”, vaya usted a saber por qué… Y confieso que Spillane no acabó de gustarme. Pero vamos a darle a él y a su coetáneo Avallone una oportunidad. Si alguien lo disfruta, sugiero una segunda novela de Spillane, Un caso tortuoso, por si tenéis tiempo de leerla.

Jim Thompson: 1280 almas

 

9788498678451Una vez más os animo a que os acerquéis al club de lectura y participéis en nuestras conversaciones sin compromiso alguno, pues cada vez sois más los que seguís estos correos y leéis los libros que nos proponemos comentar aunque no os haya dado tiempo a leerlos. No sólo descubrimos todos (yo el primero) escritores poco o mal conocidos, sino que además siempre podemos encontrar  nuevos matices que nos habían pasado desapercibidos.

En cuanto los escritores a leer, mi criterio siempre ha sido seguir un orden cronológico porque ofrece la ventaja de contextualizar mejor los estilos dentro de la narrativa criminal y comparar sus diferentes tradiciones, pero eso no impide que podamos hacer incursiones unos años adelante o atrás en función de qué autores o estilos puedan interesarnos. Tampoco resulta extraño que nos cueste dejar atrás los años 30 o 40 del siglo XX en la narrativa policial americana. Pronto comprobaréis que son los mejores.

Nuestro autor elegido para marzo es Jim Thompson. Un escritor duro y contundente en la mejor tradición de la novela negra americana que imprime un sesgo muy personal que nos recuerda a James M. Cain y la rama “tough” o más dura de la novelística americana criminal. Para entendernos, la narrativa criminal americana que podemos considerar más clásica, tiene tres materias o temas principales: los detectives privados (lo que los americanos llaman hard boiled); las historias de gánsters y delincuentes profesionales (las crook stories); y las historias de tipos más o menos normales que acaban convirtiéndose en criminales (las toughs stories). Horace Mccoy militaba es esta última liga (como James Cain, David Goodis y, sobre todo, Jim Thompson, que es el más brutal de todos y tiene la virtud del enfoque psicológico sin la jerga psicológica. Virtud que cultivó mucho tiempo Patricia Highsmith.

Su novela “Los timadores” sirvió de base para la excelente película dirigida por Stephen Frears con Anjelica Huston y John Cusack, en 1990, aunque la novela que leeremos y comentaremos en el club será “1280 almas”, que es la más característica de Thompson. Y la otra novela que os recomiendo es “El asesino dentro de mi cabeza” si podéis conseguirla.

Os cito una reseña de la biografía de Jim Thompson de Robert Polito cuyo título, Arte salvaje, es bastante ilustrativo: “Tras las palabras de Polito encontramos muchas vivencias y episodios, desde la época en la que estuvo más ligado al comunismo hasta aquella otra en la que se ganó el pan como redactor de periódico. Vidas diferentes que se encuentran en un mismo punto: siempre fueron breves. Thompson salta a conciencia de una punta a la otra del país, prueba suerte en Hollywood y mantiene una colaboración tempestuosa con Kubrick; vive el rechazo a sus libros y la obligación de escribir basura para seguir a flote; Marcel Duhamel eligió 1.280 almas como libro 1.000 de su série noire y en Estados Unidos le destrozaban una novela como La huida para adecuarla a un tipo como Steve McQueen. Un poco de todo, un poco de nada. A diferencia de Chester Himes, no tuvo la fortuna de poder emigrar a Francia para que su obra se revalorizase ante los buenos ojos de la vieja Europa”.

Jim Thompson: 1280 almas

En primer lugar quería felicitaros por la pasión e interés que estoy detectando en nuestros9788498678451 clubes de lectura. Es evidente que encontrar a un buen escritor como es el caso de Mccoy  contribuye a ello, pero también me parece que el clima de confianza  en nuestras tertulias también influye y hace la conversación viva y penetrante.

En segundo lugar, mi criterio siempre ha sido seguir un orden cronológico porque ofrece la ventaja de contextualizar mejor los estilos dentro de la narrativa criminal y comparar sus diferentes tradiciones, pero eso no impide que podamos hacer incursiones unos años adelante o atrás en función de qué autores o estilos puedan interesarnos. Tampoco resulta extraño que nos cueste dejar atrás los años 30 o 40 del siglo XX en la narrativa policial americana. Pronto comprobaréis que son los mejores.

Nuestro autor elegido para el próximo 8 de marzo es Jim Thompson y la novela, “1280 almas”. Un escritor duro y contundente en la mejor tradición de la novela negra americana que imprime un sesgo muy personal que nos recuerda a James M. Cain y la rama “tough” o más dura de la novelística americana criminal. Para entendernos, la narrativa criminal americana que podemos considerar más clásica, tiene tres materias o temas principales: los detectives privados que ponen patas arriba las situaciones que investigan (lo que los americanos llaman hard boiled); las historias de gánsters y delincuentes profesionales (las crook stories); y las historias de tipos más o menos normales que acaban convirtiéndose en criminales (las toughs stories). Horace Mccoy militaba es esta última liga (como James Cain, David Goodis, que toca también las crook stories, y sobre todo Jim Thompson, que es el más brutal de todos y tiene la virtud del enfoque psicológico sin la jerga psicológica. Virtud que cultivó mucho tiempo Patricia Highsmith.

timadoresSu novela “Los timadores” os permitirá la comparación con la excelente película dirigida por Stephen Frears con Anjelica Huston y John Cusack, en 1990, aunque la novela que leeremos y comentaremos en el club será “1280 almas”, que es la más característica de Thompson. Y la otra novela que os recomiendo es “El asesino dentro de mi cabeza.

Os cito una reseña sobre una biografía de Jim Thompson de Robert Polito cuyo título, Arte salvaje, es bastante ilustrativo: “Tras las palabras de Polito encontramos muchas vivencias y episodios, desde la época en la que estuvo más ligado al comunismo hasta aquella otra en la que se ganó el pan como redactor de periódico. Vidas diferentes que se encuentran en un mismo punto: siempre fueron breves. Thompson salta a conciencia de una punta a la otra del país, prueba suerte en Hollywood y mantiene una colaboración tempestuosa con Kubrick; vive el rechazo a sus libros y la obligación de escribir basura para seguir a flote; Marcel Duhamel eligió 1.280 almas como libro 1.000 de su Série noire y en Estados Unidos le destrozaban una novela como La huida para adecuarla a un tipo como Steve McQueen. Un poco de todo, un poco de nada. A diferencia de Chester Himes, no tuvo la fortuna de poder emigrar a Francia para que su obra se revalorizase ante los buenos ojos de la vieja Europa”.

La biografía de Jim Thompson, junto a la citada reseña, os será útil para situar al autor.

No os lo perdáis, no sabéis lo que os espera.

Horace Mccoy: ¿Acaso no matan a los caballos?

Una vez más, reitero mi invitación a todos los que tengáis aunque sea una ligera curiosidadlibro_1363452992 por conocer un poco más al famoso género criminal, “negro” o policial que tanto ha influido en la literatura como en el teatro y el cine contemporáneos, y una vez más os animo a que participéis hayáis leído o no las lecturas objeto de nuestras tertulias.

Pese a que la convención literaria debería hacernos retroceder unos pocos años de las historias de MacDonald, ambientadas en los años 40 de la postguerra, para dejar la California del último detective privado digno de este oficio en la narrativa americana, y desembarcar en otro de los grandes de la literatura de crímenes, James M. Cain, en los tiempos de la depresión y de preguerra, y descubrir la otra gran rama de la novela criminal, las historias “duras” de criminales, que giran en torno a la psicología de personas corrientes y comunes que terminan cayendo en el crimen, cualquier club de lectura que se honre no debería pasar de puntillas ni ignorar a Horace Mccoy, escritor menos conocido que, aunque impactante, todavía se ha seguido calificándolo como autor menor o menos importante, al igual que la crítica más superficial. Es cierto que coetáneos suyos, como el mucho más conocido James M. Cain, con su famosa novela (y película) El cartero siempre llama dos veces, o casi coetáneos como Cornell Woolrich, David Goodis o Jim Thompson, siempre se han beneficiado de más fama, pero una consideración un poco más profunda de las cosas obliga a leer tanto a Mccoy como a Cain pero a comentarlos por separado. A fin de cuentas, nos encontramos con dos escritores que nacen en los años noventa del siglo XIX y aunque mueren en 1955 (Mccoy) y en 1978 (Cain), escriben sus mejores novelas en los años 30 y 40, y absorben ese mundo terrible de los años de la depresión, al menos lo suficiente como para escribir las obras más prototípicas del género criminal americano en su rama “tough” o “dura”. Ya hablaremos de las peculiaridades de Cain y su maestría en definir a la femme fatal.

Horace Mccoy fue tal vez el escritor más ignorado y olvidado por la crítica y los editores norteamericanos, y se vio obligado a trabajar de guionista haciendo un trabajo que aquí conocemos como de “negro”. «Tuvieron que pasar 40 años -nos dice el traductor de la versión española de Los sudarios no tienen bolsillos- desde sus primeras publicaciones para que los nuevos críticos norteamericanos revaluaran su trabajo. Foster Hirsch calificó su obra como la “de un contenido social más preciso” de toda la literatura hard-boiled; O’Brien situó sus libros en “el centro de la narrativa negra”; Saturack descubrió sus novelas como “brillantes”, llegando todos ellos con 20 años de retraso al reconocimiento que al trabajo de McCoy habían otorgado en Francia personajes como Jean Paul Sartre o André Malraux». Ya sabéis de la mano de quién conocieron estos últimos las obras de Mccoy: de la famosa Sèrie Noir de Gallimard.

De hecho, uno de los elementos clave que caracteriza para muchos españoles a la “novela negra” -concepto en el que he insistido mucho que no creo- es su contenido de crítica social y, pese a que siempre he creído que este elemento es vasallo del realismo que caracteriza y es sustancial al género, en Horace Mccoy, si hay algo que resulta patente es su mirada acerca de la violencia como fruto de la marginación económica y de la opresión social, algo que no es necesario discutir con sólo recordar la trama de su novela más famosa: ¿Acaso no matan a los caballos?, gracias a la  película de Sydney Pollack, Danzad, danzad, malditos.

Nuestro autor elegido es por tanto Horace Mccoy, y como sus novelas son relativamente cortas, leeremos dos de sus mejores obras: ¿Acaso no matan a los caballos? y Los sudarios no tienen bolsillos. Espero que profundizar en este escritor nos permitirá descubrir una vez más que apartarse de la senda de los más famosos siempre nos aporta sorpresas y revelaciones interesantes.

Os espero a todos en nuestro siguiente club de lectura, que será el miércoles 15 de febrero.

 

Richard Stark (Donald Westakle): A Quemarropa (The Hunter)

30-richard-stark-a-quemarropaDecía en mi anterior convocatoria de nuestro club que estudiar un poco a fondo a los escritores, más o menos leídos y/o conocidos o no, sobre los que tenemos expectativas suele producir sorpresas, y Westakle no iba a ser una excepción. A priori, debo confesar que lo tenía por un epígono de la novelística criminal, creo que incluso él mismo se tenía por tal cosa. Algunos de nuestros compañeros de club no ocultaron su sensación de que era un escritor menor, y creo que Westakle se consideraba un poco como tal por una cuestión de humildad. Algo así como que después de escritores como Hammett y Chandler, o James Cain o William Irish o Chester Himes o Jim Thompson, fuera un poco petulante seguir pretendiendo dar la talla y mantener el nivel. Cosa muy lejos de ser pretendida por quien se confesaba admirador de todos ellos como Westakle, que había sido además lector de colecciones muy populares. Así que el humor satírico parecía una buena coartada para rendir homenaje a los grandes sin pretensiones de emularlos por lo que crea a un personaje como Dortmunder -algo Sancho Panza, insisto- y unas tramas muy divertidas que rozan lo inverosímil. Vale, perfecto todo encaja. Muy divertido, pasemos a otra cosa.

Pues no.

Esta vez la sorpresa es la revelación de que estamos ante un escritor excepcional. Con tramas muy inteligentes y personajes y situaciones que son tan increíbles como la misma realidad, que además es capaz de retratar de forma satírica con apenas unas pinceladas. En un Diamante al rojo vivo es capaz de dar cinco golpes que darían para cinco novelas diferentes sin despeinarse ni, otra crueldad, renunciar a su objetivo (la ignorancia es muy atrevida). En ¿Por qué yo?, Westakle hace que Dormuntder se las vea y se las desee para deshacer el mayor logro de su carrera como ladrón y al revolver el gallinero de la ley y el orden (y de la política internacional de la que la cosmópolis es escaparate), consigue trazar un cuadro genial de nuestra sociedad.

Pero Westakle no podía estarse quieto sin tocar el palo de la “novela negra dura” (esas crook & toughs stories que tan bien habían contado Burnett, Cain o Thompson), así que firmando con el seudónimo de Richard Stark -no fueran a pensar los lectores que se trataba del blando buenazo de Donald y lo volvieran a condenar a ser un escritor menor- se saca de la manga a un hijo de perra llamado Parker, y gusta tanto a un editor llamado Bucklyn Moon,que prácticamente lo contrata a cambio de que no se lo cargue. Y hasta lo llevan al cine con estructuras narrativas vanguardistas en “A quemarropa” de la mano de un John Boorman, que en el futuro se guardará mucho de abandonar los patrones clásicos.

Bien, pues vamos a ver cómo se porta Parker en The Hunter (inevitablemente traducida como A quemarropa) de verdad. Y si podéis también en La luna de los asesinos. Puede que la sangre y la violencia le quiten ese tono menor y lo conviertan en un escritor en re mayor.

Yo ya adelanto que me quedo con el Westakle Westakle, no con el Westakle Stark, porque ya le perdoné a Chester Himes que escribiera novelas sorprendentemente vivas, realistas, violentas hasta el absurdo y sardónicas hasta dejarte la sonrisa congelada, por encargo de un editor francés sin que nadie lo haya visto en clave de fa menor, así que no puedo por menos que perdonar a Donald por intentar escribir en re mayor por encargo de otro americano (que debía conocer muy bien lo que funcionaba y lo que no en eso de las subculturas literarias, casi seguro que mucho mejor que el francés).

Pero vosotros seguir ciegos con vuestras semanas y novelas negras en fa, o re o si mayor. Dicho sea con todo el cariño del mundo. Seguiremos con Parker (y quien quiera también con Dortmunder).